Para mí esta semana es la semana Resident Evil. Este viernes se estrena la cuarta película: Resident Evil: Ultratumba. Así que tanto Li como yo la dedicamos a ver la trilogía y a jugar al Resident Evil 4 (el 5º ya lo terminamos entre los dos) porque yo nunca lo había jugado. Y eso me trajo recuerdos de cuando en No Name solíamos hacer un pseudo-rol narrativo que consistía en que cada uno llevara a un personaje y narrase todo lo que le ocurriese, sin tiradas, pero siendo conscientes de que alguna vez deberíamos fallar. Vamos, que sería una historia contada de forma "omnisciente", pero visto desde el punto de vista de cada uno de los personajes.
Y la verdad es que no había quedado tan mal, de hecho, llegamos a varias páginas en muy poco tiempo.
El caso es que llevaba tiempo sin pasarme por el foro, y en concreto ese tema llevaba parado muchísimo. Resulta que me tocaba a mí, pero por una cosa o por otra, no contesté. Y fue ayer, cuando al recordármelo, me metí en ese tema y me leí todo del tirón. De hecho, me acosté bastante tarde por culpa de eso. Pero el caso es que al final respondí.
Y entonces se me ocurrió una idea. Quería volver a escribir en este blog, y para volver hacerme al hábito, he decidido transcribir esos relatos (ya sean sólo los míos o los de todo el mundo) a este blog. Como hice no tan atrás, he utilizado este blog más de una vez para relatos propios. En su momento la transcripción de la partida de rol donde llevaba a Lázaro. Y más tarde, sobre unos personajes en un mundo vampírico.
Así, si alguien le interesaba leerlo pero era mucho de golpe, puede dosificarlos siguiendo mi blog.
Antes de nada, deciros que a partir de esa "partida" sobre el Resident Evil, me surgió otra idea: hacer otra partida sobre gente que empezaba a descubrir unos extraños poderes en ellos que no acababan de entender. Tenía ideas para un personaje, y decidí que se hiciera en conjunto. Pero no cuajó, yo llegué a escribir dos entradas y mi amigo Surah una. Y nunca más se supo. El caso es que me había gustado cómo me había quedado, así que empezaré por la transcripción de Héroes, más que nada por haber sólo dos entradas.
Espero que os gusten las historias que surgieron en su momento en el foro. En cuanto a la forma de escribir, he evolucionado un poco, pero tampoco me avergüenzo de como escribía antes. Antes de nada, disculpadme la tocho-entrada junto con el tocho-texto. Ahí os va:
Héroes 1
Caminaba por la calle. Todo estaba borroso y se difuminaba allá a donde mirase. Era una sensación extraña, pero eso no impedía que mi cerebro pensase que estaba ante la más absoluta realidad. Llovía y hacía viento. Y yo estaba allí, en una de las aceras. Me veía desde lo alto de los edificios, como si no estuviese dentro de mi propio cuerpo, pero sentía que yo era ese pringado de la capucha y de los vaqueros. Mi mente viajaba a través del viento por toda la zona, mientras todo a su alrededor se movía con total normalidad. Mi cuerpo comenzaba a cruzar la carretera sin mirar y mi mente volaba como una bala hacia mi cuerpo, como tratando de advertirle de algo.
En pocos segundos, mi cabeza y mi cuerpo se fusionaron en uno solo y todo lo que vi es como un camión llegaba a toda velocidad hacia mí. Su claxon y el freno tocaban la última canción que yo iba a oír, poco antes de que aquella masa de hierros se alimentase de mí. Pero ocurrió algo que nadie esperaba ni se podría esperar. El camión se paró, la parte de atrás dio un salto y el morro se hundió hacia dentro. La palma de mi mano estaba a unos pocos centímetros de la abolladura. Ni siquiera lo había tocado. Algún tipo de extraña fuerza había salido de mi mano y había conseguido chocar contra el camión y pararlo en seco.
Mi mente volvió a salirse de mi cuerpo, dejándome ver mi propio rostro, un rostro sorprendido, un rostro asustado, un rostro con muchas dudas. Mi menté comenzó a subir al cielo a toda velocidad. Sentía el viento, sentía la lluvia, sentía dolor, sentía angustia.
De repente, me desperté en un sobresalto. Mis manos fueron rápidamente hacia mi cabeza. Notaba como si unas agujas estuvieran clavadas en mi cerebro, como si algún tipo de ser se hubiera introducido en mi cabeza y la estuviera golpeando desde dentro. Poco a poco el dolor fue disminuyendo hasta casi desaparecer, aunque sabía que volvería. Rara era la noche en la que lograba dormir más de una hora. Y de dormir, lo raro era no tener esos extraños sueños. Normalmente se trataba de situaciones cotidianas sin la más mínima importancia, una conversación, un paseo, una cafetería, una chica. A veces ni siquiera yo protagonizaba el sueño, incluso en algunos ni salía.
En algunos momentos había relacionado la sensación de déjà vu con esos sueños, llegando a casi creerme que podía tener sueños premonitorios. Pero luego volvía a la realidad, a mi puta oficina, a la mierda de silla del ordenador, al hospital que olía a muerto donde los médicos me aconsejaban meter a mi padre en un psiquiátrico debido a las continuas paranoias, a la casa de mi puta madre o a la cafetería a la que solía ir para sentirme una persona normal, para que la gente que me viese no pensase en el fracasado y gilipollas del traje de imitación y que le lame el culo al jefe para poder comer y al que no le chupa la polla porque todavía no se lo ha pedido.
Me levanté y busqué por la cocina las pastillas para el dolor de cabeza. El médico me las había recetado después de no escuchar mis síntomas, y yo lo seguía viendo como un profesional decente y no como la basura que era. Después de tomarlas, me tiré en el sillón con un paquete de patatas fritas y encendí la tele. No sabía ni qué hora era, pero al menos las voces de la pantalla acallarían mis pensamientos. Tras ver que eran las cinco de la mañana en el reloj del DVD, mis ojos se fueron al calendario que colgaba de la pared donde se apoyaba la televisión. Diecisiete de Febrero. Hacía un año que uno de los pocos a los que podía llamar amigo se había muerto. Me entristecí lo justo entre patata y patata y luego seguí mirando la tele.
A pesar de que estaba acostumbrado a los extraños sueños, necesitaba hablar con alguien del último, ya que había conseguido hacerse un pequeño hueco en mi cabeza, como si hubiera sido el sprint final de todas las cosas extrañas que me rodeaban. Pensé en mis amigos, hacía tiempo que no salía a tomar algo con ellos, pero de uno no sabía nada ni respondía a mis llamadas, otro descansaba en paz y el otro era demasiado hijo de puta como para querer saber de él. En cuanto a mi novia, follaba más que yo. Y si de algo me sentía orgulloso, era de que sus tetas eran más grandes que su cerebro, en todos los sentidos, pero no era lo que necesitaba ahora. Podría hablarlo con mi madre, pero no necesitaba oír sus repetidos “Eres y serás siempre un fracasado” y “Suicídate y nos harás un favor a todos”, que ya me decía incluso cuando trataba de aprender a caminar. Sólo quedaba mi padre.
Mi padre era especial. Siempre había sido muy exagerado y extravagante. La palabra “loco” visitaba muchas veces la mente de las personas que hablaban con él. Sin embargo, seguía siendo considerado como una persona normal, pero esto cambió. Nunca supe si había decidido guardarlo como secreto cuando yo nací o que fue algo que empezó después de mi nacimiento, pero si algo tengo por seguro es que se obsesionó. Comenzó a decir que tenía poderes, a rodearse de libros extraños y a grabar todo lo que iba descubriendo o lo que le iba pasando. Cuando comencé a interesarme por él y por los estudios, cayó enfermo. Mi madre lo abandonó y yo tuve que encargarme de él. Los médicos decían que tenía algún tipo de enfermedad neurológica, pero que era un caso extraño con el que jamás habían tratado. Desde ese momento, la vida de mi padre se dividía en dos partes: la parte que pasaba en su casa y la que pasaba en el hospital. Algunos días atrás lo había ido a visitar, y los médicos decían que sus desvaríos iban en aumento y que sería mejor llevarlo a un psiquiátrico, ya que ellos poco más podían hacer por él, aunque mi dinero y mis opiniones no estuviesen de acuerdo.
Sin embargo, si iba a hablar con mi padre era para tener las respuestas que quería. Conocía perfectamente que clase de contestaciones iba a tener, y que sus consejos y sus advertencias no serían las de una persona normal. Pero aún así, mi cabeza buscaba convencerse a sí misma, buscaba a que alguien de fuera me confirmase que lo que me pasaba ya le había pasado a alguien. Buscaba sentirme normal. Algo curioso, por otra parte, por querer preguntarle a un loco si yo estaba loco.
En pocos segundos, mi cabeza y mi cuerpo se fusionaron en uno solo y todo lo que vi es como un camión llegaba a toda velocidad hacia mí. Su claxon y el freno tocaban la última canción que yo iba a oír, poco antes de que aquella masa de hierros se alimentase de mí. Pero ocurrió algo que nadie esperaba ni se podría esperar. El camión se paró, la parte de atrás dio un salto y el morro se hundió hacia dentro. La palma de mi mano estaba a unos pocos centímetros de la abolladura. Ni siquiera lo había tocado. Algún tipo de extraña fuerza había salido de mi mano y había conseguido chocar contra el camión y pararlo en seco.
Mi mente volvió a salirse de mi cuerpo, dejándome ver mi propio rostro, un rostro sorprendido, un rostro asustado, un rostro con muchas dudas. Mi menté comenzó a subir al cielo a toda velocidad. Sentía el viento, sentía la lluvia, sentía dolor, sentía angustia.
De repente, me desperté en un sobresalto. Mis manos fueron rápidamente hacia mi cabeza. Notaba como si unas agujas estuvieran clavadas en mi cerebro, como si algún tipo de ser se hubiera introducido en mi cabeza y la estuviera golpeando desde dentro. Poco a poco el dolor fue disminuyendo hasta casi desaparecer, aunque sabía que volvería. Rara era la noche en la que lograba dormir más de una hora. Y de dormir, lo raro era no tener esos extraños sueños. Normalmente se trataba de situaciones cotidianas sin la más mínima importancia, una conversación, un paseo, una cafetería, una chica. A veces ni siquiera yo protagonizaba el sueño, incluso en algunos ni salía.
En algunos momentos había relacionado la sensación de déjà vu con esos sueños, llegando a casi creerme que podía tener sueños premonitorios. Pero luego volvía a la realidad, a mi puta oficina, a la mierda de silla del ordenador, al hospital que olía a muerto donde los médicos me aconsejaban meter a mi padre en un psiquiátrico debido a las continuas paranoias, a la casa de mi puta madre o a la cafetería a la que solía ir para sentirme una persona normal, para que la gente que me viese no pensase en el fracasado y gilipollas del traje de imitación y que le lame el culo al jefe para poder comer y al que no le chupa la polla porque todavía no se lo ha pedido.
Me levanté y busqué por la cocina las pastillas para el dolor de cabeza. El médico me las había recetado después de no escuchar mis síntomas, y yo lo seguía viendo como un profesional decente y no como la basura que era. Después de tomarlas, me tiré en el sillón con un paquete de patatas fritas y encendí la tele. No sabía ni qué hora era, pero al menos las voces de la pantalla acallarían mis pensamientos. Tras ver que eran las cinco de la mañana en el reloj del DVD, mis ojos se fueron al calendario que colgaba de la pared donde se apoyaba la televisión. Diecisiete de Febrero. Hacía un año que uno de los pocos a los que podía llamar amigo se había muerto. Me entristecí lo justo entre patata y patata y luego seguí mirando la tele.
A pesar de que estaba acostumbrado a los extraños sueños, necesitaba hablar con alguien del último, ya que había conseguido hacerse un pequeño hueco en mi cabeza, como si hubiera sido el sprint final de todas las cosas extrañas que me rodeaban. Pensé en mis amigos, hacía tiempo que no salía a tomar algo con ellos, pero de uno no sabía nada ni respondía a mis llamadas, otro descansaba en paz y el otro era demasiado hijo de puta como para querer saber de él. En cuanto a mi novia, follaba más que yo. Y si de algo me sentía orgulloso, era de que sus tetas eran más grandes que su cerebro, en todos los sentidos, pero no era lo que necesitaba ahora. Podría hablarlo con mi madre, pero no necesitaba oír sus repetidos “Eres y serás siempre un fracasado” y “Suicídate y nos harás un favor a todos”, que ya me decía incluso cuando trataba de aprender a caminar. Sólo quedaba mi padre.
Mi padre era especial. Siempre había sido muy exagerado y extravagante. La palabra “loco” visitaba muchas veces la mente de las personas que hablaban con él. Sin embargo, seguía siendo considerado como una persona normal, pero esto cambió. Nunca supe si había decidido guardarlo como secreto cuando yo nací o que fue algo que empezó después de mi nacimiento, pero si algo tengo por seguro es que se obsesionó. Comenzó a decir que tenía poderes, a rodearse de libros extraños y a grabar todo lo que iba descubriendo o lo que le iba pasando. Cuando comencé a interesarme por él y por los estudios, cayó enfermo. Mi madre lo abandonó y yo tuve que encargarme de él. Los médicos decían que tenía algún tipo de enfermedad neurológica, pero que era un caso extraño con el que jamás habían tratado. Desde ese momento, la vida de mi padre se dividía en dos partes: la parte que pasaba en su casa y la que pasaba en el hospital. Algunos días atrás lo había ido a visitar, y los médicos decían que sus desvaríos iban en aumento y que sería mejor llevarlo a un psiquiátrico, ya que ellos poco más podían hacer por él, aunque mi dinero y mis opiniones no estuviesen de acuerdo.
Sin embargo, si iba a hablar con mi padre era para tener las respuestas que quería. Conocía perfectamente que clase de contestaciones iba a tener, y que sus consejos y sus advertencias no serían las de una persona normal. Pero aún así, mi cabeza buscaba convencerse a sí misma, buscaba a que alguien de fuera me confirmase que lo que me pasaba ya le había pasado a alguien. Buscaba sentirme normal. Algo curioso, por otra parte, por querer preguntarle a un loco si yo estaba loco.

1 comentario:
Me ha gustado. No sé cómo escribirás ahora, pero desde luego me gusta cómo escribías antes xD
Y ánimo, sé que cuesta un mundo vencer la pereza y publicar (o al menos eso dice mi propia experiencia), ¡pero hay que hacerse con el hábito!
Un saludo n_n
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